Bienvenidos

"The greattest thing you'll ever learn, is just to love and be loved in return."(Nat King Cole)

"Uno es de donde mejor se siente."(Luis Sepúlveda)

"Las emociones son ideas, y las ideas se representan con palabras. Si aprendes a dominar las palabras, dominarás el mundo." (Amaia Guridi)

"Nos enamoramos para ser otro, para perdernos por el camino, para transformarnos y redimirnos a través de la persona amada."(Luisa Castro)

"Te diré una cosa. No es difícil morir cuando sabes que has vivido. Y yo he vivido. Dios, cómo he vivido."
(Edie Brit, Mujeres Desesperadas)

"No es un sentimiento triste. No lo es, porque es imposible - y no improbable- que lo sea. Es cuestion de equilibrios. No es triste, porque en ella, en sí misma no cabe la tristeza."(La autora del blog)

"No es malo tener miedo. Lo malo es dejar que el miedo inunde tu vida. Porque entonces no tendrás vida, solo miedo."(LHDP)

"[...] y supe pronto que un recluta bisoño y en terreno enemigo, dispuesto a preguntar lo que no sabe, supera en posibilidades de sobrevivir al idiota que [...] se adorna con lo que no tiene."(Pérez-Reverte)

"Un poeta es alguien que está siempre, y por todas las cosas, a punto de llorar." (Federico García Lorca)

"Y claro, empieza bien y termina mal. Como todas las historias de amor verdadero." (Josefa Parra)

"Nadie debería avergonzarse de ser feliz."

martes, 8 de mayo de 2012

A veces los bellos hombres huelen a lavanda

En  aquella ciudad todos sabían que el caserón de la calle Bahamonde no era en realidad la muda familiar de una vieja dinastía castellana. Aquello era una casa de putas.

No era famosa por su pomposidad floral, ni por su limpieza, pero sí que tenía buena cantidad de los más bellos y bellas jóvenes de la provincia. Cuajados de tristeza, pálidos de alma, aquellos chicos no eran carne de fiesta - ni siquiera eran carne - y tampoco estaban allí por obligación o en acusador último recurso. Allí llegaban los bellos que ya no soñaban nada.
El coronel Abraham Bernard acudía allí cada dos semanas, un domingo. Aparecía con sus botas de militar jamás agachado y su recio bigote adusto, colgaba la casaca sin medallas en un saliente del tocador de ébano rajado de la habitación de poniente y se dejaba hacer. A la muerte del domingo, un disparo abrazaba todos los oídos. Y al salir Bernard entraba el cura, santiguaba un cuerpo y al salir el padre entraban dos mozos para sacar en una sábana lo restante del pecado consagrado. Cada domingo oscurecía y nadie decía nada, porque no había mucho más que comentar.

Una noche de humo hubo disparo, y luego gritos, un montón de pasos. Un gallardo muchacho de ojos tristes corría por el pasillo a avisar al cura. Se le preguntó qué había ocurrido y todos vieron a Bernard muerto en el suelo de madera, rodeándolo como si fueran a echarse a bailar a las lluvias. "¿Qué te hizo?¿Tuviste que defenderte?"."No hice nada. Me tumbó a su lado y lloró hasta dormirse. Cuando despertó cogió la pistola y decidió tragar plomo".




Todos temieron que el ejército apareciese a pedir cuenta del coronel y sus pertenencias, pero nunca vino nadie. Resultó que Abraham Bernard no era nada de nadie. Y se le dio cristiana sepultura en el patio de la casa de putas de la calle Bahamonde.

domingo, 15 de abril de 2012

Los manzanos itacenses


Se levantó y fue arrastrando su toga por el frío mármol de la escalera.
Murmullos.

"¿De qué habláis, hijos soberbios de la nueva era - no de esta, de todas las nuevas eras que ha habido - que parloteáis ciegos sin ánimo de inculcar en vuestras frentes yermas las ideas que otros hicieron germinar como bellos manzanos itacenses?¿Por qué os reís, encogidos sobre nuestra mísera rutina, ante cualquiera que promovido por la luz de los dioses se lanza a hacer algo más grande que sí mismo y que vosotros, si sabéis que sólo esa clase de hombres mueve el mundo con sus manos, como el gran Atlas lo sujeta con sus hombros? ¿Tanto odiáis a la raza humana y a vuestra propia carne, que hacéis que cuantos os escuchan sientan ardorosas iras y deseen maldecir aquellos que os dio la vida, pues la tierra suya sería más próspera si vosotros no la pisaseis? ¡Escuchad, necios! Agachad vuestras cabezas ante la ciencia, la literatura, la filosofía y todas aquellas materias y labores que no controláis en su totalidad, pues son infinitamente más grandes que vosotros, que son obra de buenos hombres de hermosas manos. No os jactéis de no saber, y no trabajar, perros ruidosos, pues sólo os merecéis que vuestra voz jamás sea escuchada, así como no escuchan vuestros oídos palabras sabias y no llegan éstas a vuestra alma impía. ¡Oíd!¡Aprended! Dadles a vuestros padres razones para enorgullecerse, dad a vuestros hijos razones para nacer."

Llorarán los escombros helenos esta noche.

I

Mi amadísima Calliope, 
te escribo porque te pienso, y te pienso entre mareas de agrias olas. No proviene mi conflicto sino del confluir de mis personas. Como si cada una de las gentes que me importan provocasen una yo distinta. Una yo que cada vez que aparece quisiera quedarse para siempre. Y me acomodo a cada una de esas mismas personas, que al fin y al cabo están forjadas al tamaño de mi casa interna. He ahí el problema, pues al irse una y venir la otra me escuece el estómago con el miedo de todos los procesos de cambio. Incluso cuando estoy sola no soy yo de verdad, que solo soy yo en los campos de Morfeo, pues en mi soledad me esperáis vosotros, amigos inamovibles. Aún recuerdo la última vez que cené sola, y bailé contigo sobrellevándonos por el suelo al son de unos pianos de jazz. Cuando los autobuses me anudan a mí misma y me quitan del mundo, y los ojos de Alecia se reflejan en los cristales; o cuando Chandler duerme de mi mano porque la inopia enferma mi pecho. Aun cuando estoy sola no lo estoy, y cuando mis personas confluyen, me duelo.


lunes, 2 de abril de 2012

Yo tenía un gato que me olía las lágrimas

Quererte y no creerlo
y buscarlo, y anhelarlo.
Soñar con los silenos
de las peñas de Montecarlo.
Buscar tus desconcuelos
y no tenerlos, y abrazarlos.
Y llevar tus ojos tristes
a las fuentes del Parnaso
pa' que queden reflejos suyos
y te lloren to' los gitanos.
Que tu pelo lacio se cuele
entre los dedos de los Tizianos
y que la negrura de tus dos luceros
atraviese los mil penachos
de los héroes de coraza y lanza
de los indios y los troyanos.
Que se plieguen por las cornisas
de todas mis vidas tus encantos.
¡Que se llene todo de ti!,
que ya no aguanto quererte tanto.

jueves, 1 de marzo de 2012

Dracagoniae

Todo lo lloró el dragón europeo más bello el resto de su inmortalidad haciendo su hermoso corazón agua y volcanes; con un gemido de madre sin su hijo o de bestia con hambre y partiendo el cielo en siete con la llegada de cada luna, pues el mísero McLauren le arrancó las garras en ruin pantomima y lo dejó allí, en su gruta, apenado e imberbe de arañada - que no asisten a nuevo día las garras de dragón perdidas en la noche. Vendió McLauren por buen botín las garras y con ellos un suizo cuya historia habrá de ser contada otra mañana acabó haciendo un piano de madera y lo que nunca fue marfil.

Aún lloraba el dragón sus noches el día que Fidias Sabercenoj comenzó a jugar con el piano. Se habían manchado sus cuerdas de llanto de macro reptil y no acababa de sonar como sus anteriores dueños hubieran esperado, pero el niño Fidias compuso la más hermosa y dantesca ópera de la historia de los soles sentado sobre sus terciopelos y cabalgando sus pedales.

Aún lloraba el dragón sus días la noche que a Bernard Shake le cortaron el dorado hilo sentado en la décima fila, cuarto asiento del estreno de la Dracagoniae, y una lágrima congeló su gesto ya imborrable. Ni la esposa de Bernard ni Fidias Sabercenoj lo supieron hasta el final del concierto, cuando ella se percató y a él una agitada azafata le puso al corriente en el camerino. Tres últimos sudores enfriaron y profanaron la frente del metódico Fidias mientras a dos mil coma veintisiete kilómetros de él, las cien bombillas arcoirisadas del salón de diversiones nocturnas "La gata perdida" estallaban al unísono, abrazando en afilada cascada las córneas del viejo McLauren, que como las garras rapiñadas y el tranquilo Bernard Shake, no serían capaces de volver a ver las luces de Apolo pasada aquella mala hora.

Aún lloraba el dragón todas sus vidas cuando se le unió el viejo McLauren en ultrasónico canto. Porque todos habían olvidado que aquel niño tan anciano en realidad nunca había superado su miedo a la oscuridad.

jueves, 23 de febrero de 2012

Un hombre feliz

Era él un hombre sensato, cuerdo y de iras justificadas. Tenía un trabajo que hacía brillar su alma, además de un salario preciado por muchos. Había recibido una educación corriente, pero tuvo enormes profesores; tenía una esposa hermosísima a la que amaba con cuidado cada día, dos hijos equilibrados que carecían de oscuridades y se estimaban entre ellos, venerando a sus progenitores y escuchando a sus abuelos. Él tenía unos padres sanos, fieros amantes tras una vida juntos. Conservaba la enorme casa en la que nació, cuidaba de cada baldosín de ella y a sus amigos dedicaba hermosas tardes y dulces palabras. Respondía con justicia o respeto, perseveraba y tomaba partido por pobres e indefensos. 

No conocía deudas, enemigos, sospechas, conjuras, traumas o celos. Disfrutaba de la filosofía, la literatura, la música, el arte, la física y las matemáticas, el cine, los besos, una buena salud y un enorme optimismo. No sabía de pesadillas, de malos días, de muertos tempranos o de agonías persistentes. No contaba así mismo con prejuicios, fobias hacia el otro o con miedos florecientes.

Era un hombre feliz.
Y claro, total y absolutamente carente de interés.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Sebos y arcadas



Nieto de infames cánidos
así ardan en tus venas
y tus tripas y tus lívidos
los cristales incendiarios
de los mil males que ahora maquinas.

Desprecio de sebosas frentes,
telas raídas del usaje y
de la malicia palpitante en
el cráter de tus ojos, y en tus dientes
enfermos del veneno de la envidia.

Catulo y Febo escupirían
sobre tus roídos huesos, y
dolerían sus manos de escribir
líricos desprecios a tu nombre, pues
ni buena emoción, ni buena luz,
ni buena idea pasa por ti o por tu pecho.

Llámate hombre y gánate el
derecho a respirar nuestro aire,
nuestros numenes sagrados, y lucha
conmigo al caer el dorado carro
exponiendo carnes, flemas y sudores.

Acaba la batalla que mantienes
aún sin arrojarme tus lanzas directas,
gesto ruin, y aleja tus infames lenguas
de mis gentes, de mi sangre; admitiendo
así lo oscuro de tu perturbada psique.

Expón tus falsos argumentos
al juicio de los dioses, y esfuma
de una vez tus odores de mis días.
Asiente lloroso como la niña llorosa
que en verdad eres, que siendo
yo mujer, soy mejor hombre
de lo que tú soñaras ser.

Y admite que Eris te corrompe
pues no verás o tocarás nada en ella,
de mí alma amiga y capricho
tuyo, que no haya antes visto o
tocado con palabras yo.
Tú, bien usada letrina de antro marinero.

martes, 24 de enero de 2012

Podría y querría, por tus ganas de volar


A Allen.S

Podría matar
por volver ahora mismo a tu ciudad.
A tu Londres inflamada y sideral.

Podría quemar
los llantos encontrados sin buscar,
los cimientos de mi malgastada edad.

Podría correr
al andén, a los muros, a por ti.
A una obra que jamás volveré a ver.

Podría llover,
limpiarme del tormento de existir;
del mercado, de las piedras, de tu piel.

Y aceptar que esta noche se me acabe
cuando salga para no volver a entrar.
Acunar tu sonrisa y nuestros planes,
tus dulzuras y mi amable soledad.

Querría saber
si Minerva de siempre planeaba
no colmarme con lo que creí tener.

Querría lamer
mi centenar de heridas coaguladas
o esa miel que ahora nunca probaré.

Querría morir,
conservar nuestra historia así tejida
y contarla con un buen final feliz.

Querría sentir
que aplicaste la ciencia prometida.
Que limpié ya lo que se manchó de abril.

Y amainar, puesto que el mundo nos llora.
No decir nunca que todo quedó atrás.
Dejar pagado el sueño a las auroras.
Entender todo lo dicho sin hablar.
Por las tardes sedientas, por las horas,
por mis hijos, por tus ganas de volar.

lunes, 16 de enero de 2012

El Último Cielo

Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma. Cromáticamente carcomida por los corredores de fuego que flagelaban todo lo fiable que encontraban. Y rugiendo, y rabiando, rodaban las esperanzas restantes como lágrimas de sangre. La noche de los tiempos, el paso previo al bello renacer del phoenix. 

Un viejo jadeante cual jamelgo jalado por el juicio de su amo arriba a una montaña salva de la tempestad. Aunque a ella también se le acaba el tiempo. Aquella visión del mundo encendido como un cerebro de Nobel, como cortocircuitos de placa base, le robó el corazón seis segundos. Algo había en esa inmensa soledad que le hizo pensar en los inmejorables agudos de Freddie. Qué suerte, piensa el viejo, que los héroes de la humanidad murieran a tiempo para no verla acabarse a sí misma. 

Al filo nuboso y frondoso del amoroso círculo celeste, Freddie oye su nombre. Se asoma. El planeta se reconvierte. Cuando mira, se agolpan en el horizonte de la eternidad todas las almas de nueva muerte. Los que creyeron, los que dijeron que no pero creyeron y los que hicieron a otros querer creer pasarán por sus juicios, en los que crean, e irán a la eternidad que se prefiera. Los que no, simplemente morirán. Pero en lo que las puertas sagradas se arreglan con el papeleo, los grandes hombres y mujeres de lejana muerte se agrupan al saliente del altissimo balcón para observar. Y también los pequeños hombres y mujeres se acercan, y los que sólo se aferraron a creer. Los que se empeñaron en ver lo que creían. 


Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma, el viejo caía en paz consigo mismo y al borde del cielo se congregaba la vidilla de los ya muertos. A estas alturas, no sirve de nada saber qué hizo cada uno por el mundo, sólo verán juntos cómo lo que más amaron se consume en endogámica reacción. 

Y alguien, no se recuerda quién, comenzó a aplaudir. Aplaudiendo aplaudiendo el cielo se llenó de resonantes ecos. La humanidad se aplaudió la historia, y cuentan que los últimos pájaros echaron a volar de los últimos árboles, temerosos del furor atronador del último cielo.


lunes, 26 de diciembre de 2011

Kalós


Es hermoso cómo las hormigas construyen sus hormigueros con esos terrones de barro tan iguales, con diferentes policromías y diferentes texturas. Es hermoso cómo los plumeros salvajes conforman comunas estrechas y se arraigan al suelo con el ahínco del patriótico inmigrante. También es hermoso el viento de Levante tras dos días de niebla que no dejaban vislumbrar Chiclana, y que con él al fin vuelvan las luces de la autopista a asegurarme que el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso el sol del día de Navidad. Y soñarte toda la noche y despertar teniéndote miedo por hacer de mí un manojo de inseguridades mal camufladas. Es hermoso que el amor que tengo para ti me agarrote el cuerpo y me obligue a salir a correr alocadamente al más puro estilo Buffay; y dar con el lugar más absoluto del cielo en plena noche y con el pecho dispuesto a la mordedura del frío. Es hermoso vencer mi miedo a la oscuridad porque me da más miedo lo no que soy cuando te tengo cerca. Y saber que mientras sople el viento, el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso que el calor de la plancha arranque de un jersey el olor de mi madre, que mi mejor amiga me bese en la frente cuando tengo miedo, la quemadura de uno de mis nudillos que aún demuestra pálidamente de dónde vengo. Es hermoso el ronroneo de mi gato, redescubrir una y otra vez que mi película favorita sigue siéndolo, observar mi cuarto con los ojos de un extraño y pensar en las grandes cosas que aún quedan por hacer. Entender una explicación de clase de Griego y que me brillen las ideas por dentro como en una película de Jean Pierre Jeunet, y notar que mi profesora lo nota. Esos dos segundos de conexión, son hermosos. Es hermoso ver una araña verde común y que el amor heredado de la prosa de Gerald venza la fobia propia. Perdonar la vida, perdonar la muerte. Perdonar los rasguños, los olvidos. Perdonar la coherencia, y la falta de ella. Esa coherencia de hormiguero, con todos sus terrones iguales, diferentes en color y dispares en tesitura. Esos terrones tan hermosos.


martes, 20 de diciembre de 2011

Cuentos de antiguos que no volverán a ser contados

La madre arrodillada deja sus pantorrillas blancas arañarse con espinos tiesos y sequedades puras mientras busca las ramas en el suelo. Su hijo, que se araña igual pero no siente el dolor, corre detrás de las codornices y las liebres. Ella canta, canta por Alegrías para partir en tajos la leña verde del árbol caído. Como si hubiera sido fácil alguna vez masacrar un tallo que tiene los mismo años que tú. Pero eso no lo sabe el niño, ni el niño ni su frío de invierno; frío seco de estar lejos del mar y echarlo en falta.

Cuando quiere el sol darse cuenta, chorrean por los muslos de la hembra ríos de sangre que van a parar al musgo, al pasto y a la hierbabuena que pisa. Y a las amapolas, que son más rojas ahora. Si fueran éstos cuentos de antiguos o los campos terrosos y aguamar del vasto Olimpo, de la sangre de la madre se engendrarían hijos insaciables de leche y de luz; armados de reproches e inquisiciones tal y como brotaran de la tierra. Pero como no lo son, ella sigue despedazando a hierro el féretro de un hermano que nadie le advirtió. Y la sangre maldice todo aquello que  roza o impregna, menos a las liebres. Y al frío del niño. El frío que ya será rojo en la mañana.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Colgada, élfica, suave y desapercibida.

Cuando Jesús escribe en su agenda, tiene la cualidad de colgar las palabras en mitad del tenso recuadradito del día correspondiente, como colgándolas realmente en mitad del día para que sean únicas y solas, lo más importante de su tarde. Hace falta ser de un material muy especial para escribir de esa forma tan imperturbable, pues yo no sé hacerlo - y mucha gente tampoco. Mis agendas están rellenas de tachones, abreviaturas, raquíticas y poco importantes tareas; grandes gestas rayonadas una vez las completé, y detalles inútiles de días que posiblemente jamás llegaré a recordar con claridad. Pero sobre todo, escribo en dos columnas mentales, primero cumplimentando la izquierda y luego la derecha. Arriba los exámenes, y abajo las nimiedades. Cuadriculado como un dámero, como el parking de mi castillo, como una ciudad romana. No es como Jude, de letra élfica, mágica y concisamente entintada; ni como la de Saüda, en lápiz - porque para ella nada puede resultar demasiado para siempre. Ni como la de Cristina, rápida pero indecisa, infantilmente suave en el empuje del bolígrafo. Ni como Claus, de letra pequeña, consonantes alargadas de vértebras estiradas y un intento sublime de pasar desapercibido. O como José Carlos, para el que nada nunca es demasiado - y así lo vive, pues apenas escribe nada de lo que realmente tiene ánimo de hacer.

No sería nada de ésto importante si cualquiera de esos esquemas manuales - tan íntimos como nuestra propia sangre - no fueran reflejo fiel de lo que somos. De cómo pensamos. De cómo vivimos. Y en definitiva, de cómo resultaremos amar.


Y sabes que sueño mucho, pero ultimamente sólo sueño con que seas feliz.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Buzones

Y en los buzones de todas las casas de la ciudad amaneció un pequeño sobre escarlata cerrado con fuerza de amor. Conforme pasó el día, todos los habitantes - menos una en concreto - pudieron leer en la escuálida hoja de papel que venía dentro, sola y única; aquellas palabras escritas con tanta emoción.

"Estoy locamente enamorado de Victoria Klein, y mañana se lo diré. 
Deséeme suerte."


La mañana cuela sus brazos por la ventana de Marco, y le lame los ojos con cuidado. En la mesa, otros tantos sobres. En el garaje, su bicicleta embarrada. En su corazón, pura y dulce savia de amor.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Analógico




Pausa total, pena capital
pues todo se me había olvidado.
Que la vida la vi antes
por tus ojos que los míos,
todos los ambientes,
todos los detalles,
la omnisciencia total del hecho,
la supremacía generalizada.

Todo fuiste tú antes,
antes de yo vivir lo propio.
Tus ojos, que tanto pensé,
cruzaron primero el río.
Y luego yo; y no encontraba
más margenes que las tuyas
aunque ahora fuera mía
la falda que se mojaba.

Como un telón que parte
un escenario en dos tablas.
Como el cristal de un periscopio
que ve cosas dobladas.
Las dos realidades alternas
de una alternancia despistada.

Lo tuyo, en tus historias;
lo mio, en mi retina.
Y los besos que no vimos,
y las gracias que no amamos
en duplicado y convexo
como el televisor descolorido
que es mi alma a tus recuerdos.

Palmaditas en la espalda,
en mi tácito, analógico,
tierno y burdo corazón.
Dentellada de negrura
en el confín de tu cadera.
Y a la muerte, nuestras ansias
caerán en saco pleno,
roto y descosido, compartido.
 
Y dormiré acaudalada
en tu pecho florentino:
con mi verdad ante los ojos
con la tuya entre las manos.

martes, 22 de noviembre de 2011

Trèsor

Amándote yo a ti;
más yo que nadie,
más yo que nunca.





El día que Kate se fue, la vida se me acabó para siempre. Todo lo que yo pude ser, todo lo que había sido, se fue con ella. Pasé veinte años buscándola, llorando su marcha y olvidando poco a poco cómo se hacía eso de buscar a alguien con todo el cuerpo. Cuando decidí que había ya perdido la batalla, tuve a mi hija. Le puse su nombre y la convertí en el amor de mi vida. En la razón de cada mañana. Y cada vez que ella me preguntó, estando yo viva "Madre, ¿no amas tú?¿no has amado nunca a nadie?"; yo le respondía, cada vez que ella me preguntó "Yo no sé amar si no es a ti". Y mentía, aunque sólo decía la verdad. Porque murió lo que era yo cuando Kate se fue, y me convertí en madre. Una madre que todo lo amaba en su hija. 

Aún hay días en que la sueño. Y entonces sí, me convierto en un fantasma.